La idea básica de los párrafos que he leído es que las religiones son, para decirlo pronto, el opio de los pueblos. Es la sustancia subterránea de la cuestión planteada. Y ello así, porque se combate la ignorancia que genera la credulidad de la gente en lo religioso y lo sobrenatural, aferreándose a la creencia de un más allá, que pienso que no debe ser sometido a crítica porque indudablemente nadie está en condiciones de negar ni afirmar su existencia de modo indubitable. No cabe otra alternativa que pasar por la experiencia del estado póstumo para enterarnos por fin, cómo están las cosas cuando el músculo que alimenta la vida deja de moverse. Y volviendo a lo religioso y sobrenatural, son ingredientes constantes de la pisque del hombre histórico; esto sí que no se puede negar.
Hay una suerte de afán persecutorio de todo lo que tenga que ver con la religión católica y más específicamente contra sus jerarquías. Su defensa no es mi trabajo; es algo que deben hacerlo por su cuenta con más medios y mejores especialistas los propios católicos, que para eso lo son. Yo sólo intervengo en estas lides cuando advierto que alguien no le perdona a la gente que mantenga intacta su fe en el más allá y el modo en que tiene que hacer su vida en el más aquí. Porque entiendo, y es sólo una opinión, que todas las creencias son respetables y que nadie debiera ejercer un derecho al reproche de los que llevan una vida miserable y crédula, empujando la idea de que los míseros deben ser salvados de la ignorancia. No en vano Descartes descubrió el poder de la razón que dio pábulo a un feroz materialismo y a una ciencia demasiado positivista para quienes pensamos que es preferible fiarse de la inteligencia que de la razón.
Parece ser que de lo que se trata es de sentar las bases de una nueva visión de lo que debe ser el mundo: un conjunto de personas ilustradas o al menos rescatadas de la ignorancia a fin de que alumbren en sus mentes el convencimiento de la mentira a que estuvieron sometidas desde hace más de cinco mil años por las distintas religiones. Pretender que este pensamiento expandido tan sólo en varias décadas de historia sea la culminación de la verdad humana, es un encumbramiento de la duda y un aspaviento de la vanidad, a juzgar por la salvación que de los pobres han logrado los que arrebataron a los obreros de las garras de las religiones para redimirlos con el yugo comunista del pensamiento único, o en el otro extremo con la bondad igualadora del liberalismo explotador.
Hay dos clases (seguramente muchas más) de ateos: los que van y los que están de regreso a su punto de partida. Los que van, son alentados por el entusiasmo de descubrir definitivamente que Dios no existe. Un entusiasmo hasta cierto punto comprensible. Como una apisonadora, avanzan arremetiendo contra todo dogma o creencia fundada en la buena fe o el temor a la muerte, quizá porque los teólogos no se esfuerzan en explicar estas cuestiones con un poco más de profundidad y claridad, dos aspectos para nada incompatibles. La otra especie de ateos son los que están de vuelta y traen un cansancio acumulado por tanto ejercicio espiritual; a éstos, les da lo mismo todo porque habiendo probado las mieles de la fe ya perdida, les restan las hieles de la decepción adquirida; por ello, a nadie atacan ni les importa lo que se diga acerca de Dios y de las religiones. Pasan por la vida sin ser vistos.
La definición de lo que es una religión, tal como se explica en el copete del artículo, es lagunar por lo incompleta, ya que define a cualquier religión como un “conjunto de creencias o dogmas”, aunque no nos pondremos ahora en la tarea de diferenciar lo que es una creencia y lo que es un dogma. Lo que sí queremos añadir a esa definición es que una religión está sustentada por dogmas, pero además, por normas morales y ritos, que son dos aspectos tan importantes como la fe. No hay religión sin preceptos morales que sirven para vincular lo divino con lo humano o dicho de otro modo, para que los dogmas sean “vividos” en el ámbito terrenal por el hombre. Basta con repasar la Vayikra hebrea, tercer libro de la Torah; también los Evangelios y el Corán, por citar sólo tres ejemplos; se podrían añadir la antigua religión mazdaista del heresiarca Zoroastro y más cercana a nosotros la maniquea, donde abundan, en todas ellas, normas morales de las que deben recibir instrucción sus feligreses. En cuanto a los ritos, no vale la pena explicar la importancia que tienen en la expresión colectiva y privada de toda religión, porque es evidente.
Lo de la moral es algo que repugna a los laicos y ateos (afirmación que no va dirigida al señor Tanto, pues desconozco sus preferencias en este aspecto de su personalidad). Sí diré que desde que el culto a la personalidad ha llegado al extremo de dar legitimidad a la opinión de cualquiera acerca de todo asunto que se le pase por la cabeza, sea que lo conozca o que lo ignore, la unidad de criterio social acerca de lo que está bien o mal, ha cedido paso a la diversidad más exuberante con lo cual, el grado de individualidad en el que se debate el hombre actual lo mantiene de ordinario enfrentado a sus semejantes y en lucha permanente por ocupar un sitio mejor en el reparto de bienes y honores y aleccionado de “su verdad”, una frase estúpida que se aprende tumbado en el diván de los psicólogos que se empeñan en disgregar a sus pacientes del núcleo social empujándolos a descubrir “su verdad”.
Es menester tener presente que este rechazo a lo Universal en favor de lo individual lleva en sí tal disgregación social inadvertida pero que se alimenta a diario en aras a una libertad sin menguas. Este modo de alentar la idea de que cada hombre es un universo es producto de una concepción relativista del mundo y de la cosmogonía en cualquiera de sus expresiones milenarias. La mente humana desde antes de los griegos y pasando por ellos, ha tendido siempre a lo universal, a lo absoluto y trascendente, en tanto que requerimiento fundamental que del hombre formula su propio ser, orientándolo a lo más noble del conocimiento humano, y fue así hasta que el joven racionalismo ha sentado sus reales para enseñar que con el buen uso de la luz natural de razón, el hombre puede liberarse de creencias bobas y supersticiones ridículas, con una clara preferencia de la ciencia y desprecio de la conciencia.
Y por añadidura, ese mismo modo racional de cernir la vida a través de su propio rasero, lleva sin remedio a la consecuencia de escamotear consciente o inconscientemente la búsqueda de los Principios que trasbasan lo meramente humano. Todo conocimiento racional y por lo tanto deductivo, conduce sin lugar a dudas, al elogio de la verdad, que será siempre relativa y estrictamente terrenal. No tiene altura, ni la busca, porque desecha remontar el conocimiento más allá del ámbito de la manifestación; es decir, de lo puramente físico. Es un relativismo muy humano que se abraza con fervor a los terrones de la Creación manifestada, rechazando la metafísica, porque ese método de conocer la verdad no se acomoda a las exigencias de una libertad que reclama sin cesar más campo de actividad.
En este orden de ideas, lo justo es que los ataques a los dogmas y en algunos casos a las creencias como la de esta mujer que dice hablar con la Virgen y que da motivo al artículo del señor Tanto, sean ataques dimanantes de una verdad psicológica porque, precisamente, todo lo referente a los sentimientos religiosos nace, se expande y muere en la psique, con un grado de certeza que no puede exceder sus propios condicionamientos; es una verdad relativa y por lo tanto, sujeta a error. Toda expresión religiosa es producto de la psique y por ende, no trascendente. La verdad dogmática es otra cosa, porque en ella no ha intervenido la psique sino la captación directa del objeto gracias a la inteligencia intuitiva de que habla Platón o a la vivencia directa del objeto que explica la metafísica hindú, y de la que se hace cargo Aristóteles que ha explicado temas que han sido ignorados por sistema, como cuando en el Tratado del alma sostiene que en el conocimiento de los objetos intangibles o inmateriales, la inteligencia que conoce y lo conocido son una sola y misma cosa. Tales palabras no pueden ser comprendidas por un conocimiento racional que es dualista.
No tiene aspecto de ser algo baladí que desde los albores del conocimiento hasta la fecha, todas las religiones y civilizaciones se hayan ocupado del tema de la inmortalidad del alma, su reencarnación, su resurrección o su trasmigración. Es claro que tal como lo venimos sosteniendo toda vez que se presenta la ocasión, la idea de la reencarnación del alma tal como se entiende en Occidente no tiene cabida en ninguna de las metafísicas arcaicas y mucho menos en la hindú, que es el error espiritista que ha desvelado René Guénon hace casi cien años. A lo sumo se puede atribuir al budismo que es una religión heterodoxa de esa tal metafísica oriental y que tiene pocos seguidores en el mundo, cada vez menos y muchos más en Occidente que en la India. En cuanto a la resurrección, es proclamada por el cristianismo y el Islam, no así por el judaísmo que sin expresar con claridad la misma idea que el hinduísmo, en varios pasajes bíblicos afirma que Un hombre bien puede matar a otro por malicia; pero salido que haya el espíritu, no puede hacerlo volver, ni hará tornar el alma de allí donde ha sido recibida (Libro de la Sabiduría, 16, 14). En el Libro de Samuel, 14, 14, se lee: Todos tenemos que morir, y seremos como agua derramada que ya no puede recogerse. Lo que le ocurre al alma en el estado póstumo del ser humano es el retorno a su fuente, sin premio ni castigo, y lo que regresa al ámbito terrenal son los resíduos de las acciones (producto de la psique) que se adhieren a otros seres vivos; en cuanto al cuerpo, nutre a los humanos mediante el alimento que proporciona la metesomatosis. En ningún caso, lo que constituye el “Sí Mismo” de cada ser humano, su personalidad, puede regresar de su fuente para empezar a vivir otra vez. Es una idea absurda.
Lo que sí quiero comentar del pensamiento del señor Luciano Tanto, es que su pretensión de sustituir los dogmas y creencias de la gente ignorante según se sigue de las palabras de Galeno a quien cita para dar fuerza a su argumento, por una sólida cultura liberadora, llevaría a la consecuencia lógica de que los cultos están en la verdad de aquello que constituye lo sagrado, sea para ignorarlo, o para combatirlo, y que los ignorantes a causa de su ausencia de conocimientos son engañados por las religiones que tienen que valerse de parábolas para explicar los dogmas y milagros. En mi opinión, este médico del emperador Adriano se ocupa de los cristianos haciendo uso de unos conceptos que ignora por completo, y al que le sería aplicable la anécdota de Francisco de Goya que concluye con aquello de “zapatero, a tus zapatos”.
Desde los clásicos y en especial desde Andrónico de Rodas (Siglo I, a JC) se sigue enseñando en los centros de estudios filosóficos occidentales, que el contenido de la filosofía es la lógica, la física, la metafísica y la ética. Y que la metafísica está integrada, a su vez, por la gnoseología, la epistemología, la ontología y la teología. Pues, bien, si la teología es uno de los objetos de conocimiento de la metafísica, es correcto suponer que cuando las palabras del idioma en uso no contienen los vocablos necesarios para explicar contenidos intangibles como son los de la teología, se echa mano de las parábolas que tienen equivalencia con la simbología y la analogía tradicionales, sea en sentido directo o inverso. Pretender como “enseña” el médico Galeno que el uso de parábolas es una coartada para engañar y someter a los cristianos pobres porque “la mayor parte de la gente no está en condiciones de desarrollar una argumentación lógica” (sic) es, por lo menos, una argumentación absurda y un pensamiento muy leve de lo clásico, y lo digo no por lo del engaño, sino por la idea incorrecta que tenía ese médico de lo que son los instrumentos de que debe valerse necesariamente todo intento metafísico incluyendo, como es natural, el teológico. Lo peor, a mi modo de ver, es la constante histórica de quienes proclaman que la salvación del hombre no radica en su fe sino en su cultura, porque lo eleva del pozo de lo inicuo, o emulando al señor Tanto, de lo protervo de la condición humana.
Lo que se aprecia en el artículo aquí comentado, es una propuesta de abandonar los dogmas (ya lo propuso José Ingenieros a principios del Siglo XX) a favor de una educación constructiva que vaya dirigida a la adquisición de un acervo cultural suficiente como para liberar el espíritu de los sometimientos supersticiosos. Y, quiérase o no, esta propuesta está presente en este artículo con argumentos que se dirigen a veces contra las religiones, muchas veces contra el catolicismo, algunas otras contra el cristianismo en general y en ciertas ocasiones (pocas), contra la idea de Dios. No es criticable en absoluto que el autor del artículo se valga de citas de personajes que sirven al afianzamiento de sus ideas, ni todo lo que haga para lograr ese propósito que es, por lo demás, moneda corriente que a todos nos concierne, del mismo modo que estoy persuadido que cuando un pensamiento atraviesa los linderos de la privacidad y se lo publicita, da pie a que, los que a él acceden, estén legitimados a dar su opinión conteste o discordante con el autor de lo publicado.


